La regla es muy sencilla y, sin embargo, me encuentro a diario con expresiones del tipo «Todos los CD's a 5 euros». Por poco interés que tengamos en la expresión correcta del lenguaje y la comunicación, aunque ni sepamos que existe algo denominado «corrección de textos», me llama la atención que quien escribió esa frase prefiera usar un apóstrofo (y no apóstrofe, que es algo bien distinto1) que cualquier otra opción «más castiza».
¿Para qué se usan los apóstrofos en nuestra lengua? Lo sabremos enseguida al leer su significado en el Diccionario de la Real Academia Española. Dice así: «1. m. Signo ortográfico (') que indica la elisión de una letra o cifra».
Además, en el Diccionario Panhispánico de Dudas en línea, consultado el 24 de marzo de 2013, se explican distintos usos correctos e incorrectos de este signo.
Su uso correcto más común consiste en reproducir expresiones del habla coloquial en las que se apocopan algunas letras, o incluso sílabas, finales o iniciales de palabra. Por ejemplo: «Ven p'acá, m'hija». O al reproducir nombres o expresiones pertenecientes a lenguas en las que el apóstrofo sigue vigente como, por ejemplo, L'Hospitalet de Llobregat.
Es incorrecto utilizarlo para sustituir las dos primeras cifras de un año: lo correcto es, por ejemplo, Barcelona 92. Tampoco se debe utilizar para separar las horas de los minutos; para ello, tenemos el punto (se recomienda) o los dos puntos (se admite): las 20.30 h o las 20:30 h. No es válido para separar la parte entera de la decimal en las cifras: «En este caso ha de emplearse preferentemente la coma, aunque también se admite el uso del punto». Y en el caso que nos ocupa, es incorrecto usarlo, seguido de una s, para indicar el plural de una sigla.
Copio de la entrada Sigla del Diccionario Panhispánico de Dudas en línea: «3. Plural. Aunque en la lengua oral tienden a tomar marca de plural ([oenejés] = 'organizaciones no gubernamentales'), son invariables en la escritura: las ONG; por ello, cuando se quiere aludir a varios referentes es recomendable introducir la sigla con determinantes que indiquen pluralidad: Representantes de algunas/varias/numerosas ONG se reunieroon en Madrid. Debe evitarse el uso, copiado del inglés, de realizar el plural de las siglas añadiendo al final una s minúscula, precedida o no de apóstrofo: CD's, ONGs».
Todo está claro hasta aquí, ¿verdad?
Sin embargo, esta cuestión de apariencia sencilla ha dado lugar a un debate muy interesante en el mundo de la traducción técnica y científica. Pero como esta entrada ya es bastante larga y no quiero que nadie se confunda, lo expondré en la siguiente entrada de este blog.
1 apóstrofe. amb. Ret. Figura que consiste en dirigir la palabra con vehemencia en segunda persona a una o varias, presentes o ausentes, vivas o muertas, a seres abstractos o a cosas inanimadas, o en dirigírsela a sí mismo en iguales términos (Diccionario de la Real Academia Española; en línea, consulta: 24 de marzo de 2013).
La Correctora
jueves, 28 de marzo de 2013
domingo, 9 de diciembre de 2012
Contenido del taller: «Corrección de textos biomédicos»
Por fin se han publicado las ponencias de las jornadas de traducción médica organizadas conjuntamente por Tremédica y APTIC, en colaboración con IDEC-Universitat Pompeu Fabra.
Hubo lleno en la sala (con un aforo de 200 personas) durante todas las sesiones de las jornadas, incluida la mía, programada para un sábado a las 9:00 horas. Ese mismo fin de semana se celebraba en Barcelona La Mercè (la fiesta mayor de la ciudad). Además, la noche anterior había tenido lugar la cena de confraternización entre ponentes y asistentes a la que yo no fui (por razones obvias) pero que, para algunos, se prolongó más allá de la madrugada.
Por todo ello, me llevé una sorpresa muy grata al ver que la sala seguía llena y que la corrección de textos biomédicos provocaba tanta expectativa en un público compuesto principalmente por traductores y redactores médicos.
Dicen que las jornadas fueron un éxito. Personalmente, quedé muy satisfecha con la marcha del taller, puesto que en el turno de preguntas surgieron dos debates muy interesantes relativos a la formación del plural de las siglas y a la traducción "ciega" de algunos términos muy usados en inglés pero inadecuados en español.
En las próximas entradas de este blog resumiré el contenido de estos dos debates para que podáis opinar los que no estuvisteis allí.
En esta página (pincha aquí) encontraréis los enlaces a la mayoría de las ponencias presentadas. El enlace directo a mi taller es este. Como veréis, el enfoque es muy práctico y los textos que sirvieron de ejemplo proceden de mi trabajo diario como revisora de textos médicos. Aunque pueda parecer increíble, no me inventé ninguno; me llegaron así para que los revisara. Al leer el archivo, tened en cuenta que todas las citas contienen errores ortotipográficos y de estilo.
Si alguien quiere más información sobre algún aspecto del taller, tiene alguna duda o desea hacer un comentario, puedo hacerlo en el apartado de comentarios o enviándome un correo a estacorrectora@gmail.com.
Hubo lleno en la sala (con un aforo de 200 personas) durante todas las sesiones de las jornadas, incluida la mía, programada para un sábado a las 9:00 horas. Ese mismo fin de semana se celebraba en Barcelona La Mercè (la fiesta mayor de la ciudad). Además, la noche anterior había tenido lugar la cena de confraternización entre ponentes y asistentes a la que yo no fui (por razones obvias) pero que, para algunos, se prolongó más allá de la madrugada.
Por todo ello, me llevé una sorpresa muy grata al ver que la sala seguía llena y que la corrección de textos biomédicos provocaba tanta expectativa en un público compuesto principalmente por traductores y redactores médicos.
Dicen que las jornadas fueron un éxito. Personalmente, quedé muy satisfecha con la marcha del taller, puesto que en el turno de preguntas surgieron dos debates muy interesantes relativos a la formación del plural de las siglas y a la traducción "ciega" de algunos términos muy usados en inglés pero inadecuados en español.
En las próximas entradas de este blog resumiré el contenido de estos dos debates para que podáis opinar los que no estuvisteis allí.
En esta página (pincha aquí) encontraréis los enlaces a la mayoría de las ponencias presentadas. El enlace directo a mi taller es este. Como veréis, el enfoque es muy práctico y los textos que sirvieron de ejemplo proceden de mi trabajo diario como revisora de textos médicos. Aunque pueda parecer increíble, no me inventé ninguno; me llegaron así para que los revisara. Al leer el archivo, tened en cuenta que todas las citas contienen errores ortotipográficos y de estilo.
Si alguien quiere más información sobre algún aspecto del taller, tiene alguna duda o desea hacer un comentario, puedo hacerlo en el apartado de comentarios o enviándome un correo a estacorrectora@gmail.com.
martes, 24 de julio de 2012
Taller: «Corrección de textos biomédicos»
El próximo 22 de septiembre, en Barcelona, impartiré un taller sobre la corrección de textos biomédicos.
El taller forma parte de las jornadas científicas y profesionales de traducción médica organizadas por Tremédica (Asociación Internacional de Traductores y Redactores de Medicina y Ciencias Afines) y APTIC (Asociación Profesional de Traductores e Intérpretes de Cataluña), en colaboración con IDEC-Universitat Pompeu Fabra.
Estas jornadas son una oportunidad única para aquellos que se dedican profesionalmente a la traducción, la redacción y la corrección de textos biomédicos.
Tal como se indica en el anuncio de las jornadas: «Entre los ejes temáticos de las jornadas de este año cabe destacar: ortotipografía y corrección, traducción de preposiciones en el discurso médico, nomenclatura de química orgánica, desarrollo de medicamentos, traducción de salud pública y epidemiología, traducción veterinaria, criterios terminológicos, redes sociales para el traductor de medicina, etc.».
En este blog dedicado a la corrección es de resaltar el taller que impartirá Javier Bezos, miembro de la Fundéu, sobre tipografía y notaciones científicas.
Podéis encontrar más información sobre las jornadas, así como el programa completo, en este enlace: http://www.aptic.cat/noticia/jornadas-cientificas-y-profesionales-de-traduccion-medica.
El taller forma parte de las jornadas científicas y profesionales de traducción médica organizadas por Tremédica (Asociación Internacional de Traductores y Redactores de Medicina y Ciencias Afines) y APTIC (Asociación Profesional de Traductores e Intérpretes de Cataluña), en colaboración con IDEC-Universitat Pompeu Fabra.Estas jornadas son una oportunidad única para aquellos que se dedican profesionalmente a la traducción, la redacción y la corrección de textos biomédicos.
Tal como se indica en el anuncio de las jornadas: «Entre los ejes temáticos de las jornadas de este año cabe destacar: ortotipografía y corrección, traducción de preposiciones en el discurso médico, nomenclatura de química orgánica, desarrollo de medicamentos, traducción de salud pública y epidemiología, traducción veterinaria, criterios terminológicos, redes sociales para el traductor de medicina, etc.».
En este blog dedicado a la corrección es de resaltar el taller que impartirá Javier Bezos, miembro de la Fundéu, sobre tipografía y notaciones científicas.
Podéis encontrar más información sobre las jornadas, así como el programa completo, en este enlace: http://www.aptic.cat/noticia/jornadas-cientificas-y-profesionales-de-traduccion-medica.
martes, 5 de junio de 2012
Traducción de literatura infantil
Ya se sabe que los traductores y correctores somos seres obsesionados con el lenguaje.
«Obvio, mi querido Watson», diría Sherlock Holmes, «cada profesión tiene sus manías».
Que no podamos ver una película subtitulada sin quejarnos de la traducción no es un tópico; es una realidad que padecemos en silencio para no hartar a nuestros acompañantes. Como tampoco lo es que no podamos leer un libro sin fijarnos en la tilde que alguien se olvidó, o que —en el caso extremo que una correctora me confesó— puntuemos mentalmente el discurso de nuestro interlocutor.
Pero ¿qué pasa cuando un lingüista tiene hijos y no puede por menos que admirar embelesado cómo el lenguaje se abre camino en una nueva criatura? El aprendizaje del habla tiene un mecanismo extraño. A excepción del verbo, que siempre aparece al final de la frase, mi hija ordena los complementos de forma correctísima. Aún no tiene claro cuándo es «hoy», «este finde», «ayer» o «esta semana», pero los intercambia siguiendo la normativa más estricta de la Real Academia.
La desazón de una madre traductora empieza —y no termina— cuando compra los primeros libros con muchos dibujos y poco texto: esos pequeñitos, cuadrados casi siempre, de tapa dura, que muestran a otros niños corriendo, saltando, lavándose, sonriendo siempre...
Olvidémonos de la moralina que encierran muchos de estos cuentitos aparentemente inofensivos porque no es el tema de esta entrada ni de este blog y centrémonos en el lenguaje que emplean, en el «español» (entre comillas porque de español solo tiene las palabras) al que ha sido traducido. Sí, soy una experta; llevo años trabajando como traductora y puedo «oler» la estructura foránea del texto original inglés —principalmente, estadounidense— que impregna cada frase de estos libritos.
Ejemplos.
En un libro titulado El oído de una serie sobre el cuerpo humano leo: «Puedo oír a los perros ladrar en el parque». Son palabras españolas, es cierto; tiene todo el aspecto de ser una frase en español, pero ¿se expresaría así un español nativo? ¿No diría algo como «Puedo oír a los perros que ladran en el parque»?
O si tomamos la frase que aparece en la hoja siguiente: «Dirigen las orejas para oír todo lo que pasa a su alrededor». ¿No diríamos algo parecido a «Mueven las orejas hacia todo lo que oyen alrededor»?
En otro librito de la misma serie titulado Cuido mi cuerpo, leo: «Así que salgo a divertirme con mis amigos en el parque». La expresión que espero oír de la boca de mi hija en un futuro es: «Así que voy al parque a divertirme con mis amigos».
Unas páginas más adelante sigo leyendo: «En la playa cuido mi cuerpo con crema para mi piel y un gorro para mi cabeza». Ay, a estas alturas ya no puedo con el afán de posesión de estos niños dibujados; empiezo a inventarme el texto que leo a mi hija e improviso algo como: «En la playa me cuido el cuerpo poniéndome crema en la piel y un gorro en la cabeza».
Siguiente página: «En casa, cada día, cuido mi piel y mi pelo con un baño caliente y cepillo mis dientes». Que yo leo a mi hija como: «En casa, cada día, me lavo la piel y el pelo con un baño de agua caliente y me cepillo los dientes».
Cojo otro libro de la misma serie con cara de preocupación mientras pienso si no sería mejor hacerla desaparecer entera; este se titula La piel. Leo: «Cuando hace calor, la piel de mi cara se pone roja y me refresca con el sudor». Traduzco: «Cuando hace calor, la piel de la cara se me pone roja y el sudor me refresca». Sigo leyendo: «Con el frío, tengo piel de gallina y me protejo con un jersey». Sigo traduciendo: «Cuando hace frío, se me pone piel de gallina y me abrigo con un jersey».
Debería terminar esta entrada aquí porque, a estas alturas, ya todos entendéis de qué estoy hablando, pero no puedo evitarlo. El siguiente libro que abro se titula El cerebro. Frase: «Mi cerebro ordena al pie dar una patada al balón». Dejando de lado que no me acaba de gustar esta filosofía subyacente de tener un ente (en este caso, el cerebro) que manda sobre mi cuerpo como si ni mi cuerpo ni mi cerebro formaran parte de mí, dudo si cerrar el libro definitivamente y pronuncio: «Mi cerebro ordena que el pie dé una patada al balón».
Pero ¡qué detalle al pasar la página! «Mi cerebro recuerda el cumpleaños de mi mamá». Aunque yo preferiría que fuera mi hija quien lo recordase...
«A veces mi cerebro me pide que haga cosas sin querer», ¡qué horror! ¡no quiero asesinar a nadie y que me internen en un psiquiátrico!, «como bostezar, estornudar o hipar»... ah, era eso...
«Mi cerebro me despierta por la mañana», ¿por qué inventaron los despertadores?, «y me recuerda que desayune», no quiero imaginar el día en que no lo haga; ¿elegirá él también si quiero té o café, tostada o croissant?
«Mi cerebro se aburre si no aprende cosas nuevas cada día»; ay, dios, encima tengo que estar entreteniéndolo para que no se aburra...
Aún me quedan por comentar frases de La lengua, La vista, La nariz y El cuerpo por dentro, pero no creo que sea capaz de volver a leerlos.
Creo que mejor los hago desaparecer, no vaya a ser que mi hija aprenda a expresarse así y, además del desfase generacional, tengamos un profundo desfase lingüístico dentro del mismo idioma.
«Obvio, mi querido Watson», diría Sherlock Holmes, «cada profesión tiene sus manías».
Que no podamos ver una película subtitulada sin quejarnos de la traducción no es un tópico; es una realidad que padecemos en silencio para no hartar a nuestros acompañantes. Como tampoco lo es que no podamos leer un libro sin fijarnos en la tilde que alguien se olvidó, o que —en el caso extremo que una correctora me confesó— puntuemos mentalmente el discurso de nuestro interlocutor.
Pero ¿qué pasa cuando un lingüista tiene hijos y no puede por menos que admirar embelesado cómo el lenguaje se abre camino en una nueva criatura? El aprendizaje del habla tiene un mecanismo extraño. A excepción del verbo, que siempre aparece al final de la frase, mi hija ordena los complementos de forma correctísima. Aún no tiene claro cuándo es «hoy», «este finde», «ayer» o «esta semana», pero los intercambia siguiendo la normativa más estricta de la Real Academia.
La desazón de una madre traductora empieza —y no termina— cuando compra los primeros libros con muchos dibujos y poco texto: esos pequeñitos, cuadrados casi siempre, de tapa dura, que muestran a otros niños corriendo, saltando, lavándose, sonriendo siempre...
Olvidémonos de la moralina que encierran muchos de estos cuentitos aparentemente inofensivos porque no es el tema de esta entrada ni de este blog y centrémonos en el lenguaje que emplean, en el «español» (entre comillas porque de español solo tiene las palabras) al que ha sido traducido. Sí, soy una experta; llevo años trabajando como traductora y puedo «oler» la estructura foránea del texto original inglés —principalmente, estadounidense— que impregna cada frase de estos libritos.
Ejemplos.
En un libro titulado El oído de una serie sobre el cuerpo humano leo: «Puedo oír a los perros ladrar en el parque». Son palabras españolas, es cierto; tiene todo el aspecto de ser una frase en español, pero ¿se expresaría así un español nativo? ¿No diría algo como «Puedo oír a los perros que ladran en el parque»?
O si tomamos la frase que aparece en la hoja siguiente: «Dirigen las orejas para oír todo lo que pasa a su alrededor». ¿No diríamos algo parecido a «Mueven las orejas hacia todo lo que oyen alrededor»?
En otro librito de la misma serie titulado Cuido mi cuerpo, leo: «Así que salgo a divertirme con mis amigos en el parque». La expresión que espero oír de la boca de mi hija en un futuro es: «Así que voy al parque a divertirme con mis amigos».
Unas páginas más adelante sigo leyendo: «En la playa cuido mi cuerpo con crema para mi piel y un gorro para mi cabeza». Ay, a estas alturas ya no puedo con el afán de posesión de estos niños dibujados; empiezo a inventarme el texto que leo a mi hija e improviso algo como: «En la playa me cuido el cuerpo poniéndome crema en la piel y un gorro en la cabeza».
Siguiente página: «En casa, cada día, cuido mi piel y mi pelo con un baño caliente y cepillo mis dientes». Que yo leo a mi hija como: «En casa, cada día, me lavo la piel y el pelo con un baño de agua caliente y me cepillo los dientes».
Cojo otro libro de la misma serie con cara de preocupación mientras pienso si no sería mejor hacerla desaparecer entera; este se titula La piel. Leo: «Cuando hace calor, la piel de mi cara se pone roja y me refresca con el sudor». Traduzco: «Cuando hace calor, la piel de la cara se me pone roja y el sudor me refresca». Sigo leyendo: «Con el frío, tengo piel de gallina y me protejo con un jersey». Sigo traduciendo: «Cuando hace frío, se me pone piel de gallina y me abrigo con un jersey».
Debería terminar esta entrada aquí porque, a estas alturas, ya todos entendéis de qué estoy hablando, pero no puedo evitarlo. El siguiente libro que abro se titula El cerebro. Frase: «Mi cerebro ordena al pie dar una patada al balón». Dejando de lado que no me acaba de gustar esta filosofía subyacente de tener un ente (en este caso, el cerebro) que manda sobre mi cuerpo como si ni mi cuerpo ni mi cerebro formaran parte de mí, dudo si cerrar el libro definitivamente y pronuncio: «Mi cerebro ordena que el pie dé una patada al balón».
Pero ¡qué detalle al pasar la página! «Mi cerebro recuerda el cumpleaños de mi mamá». Aunque yo preferiría que fuera mi hija quien lo recordase...
«A veces mi cerebro me pide que haga cosas sin querer», ¡qué horror! ¡no quiero asesinar a nadie y que me internen en un psiquiátrico!, «como bostezar, estornudar o hipar»... ah, era eso...
«Mi cerebro me despierta por la mañana», ¿por qué inventaron los despertadores?, «y me recuerda que desayune», no quiero imaginar el día en que no lo haga; ¿elegirá él también si quiero té o café, tostada o croissant?
«Mi cerebro se aburre si no aprende cosas nuevas cada día»; ay, dios, encima tengo que estar entreteniéndolo para que no se aburra...
Aún me quedan por comentar frases de La lengua, La vista, La nariz y El cuerpo por dentro, pero no creo que sea capaz de volver a leerlos.
Creo que mejor los hago desaparecer, no vaya a ser que mi hija aprenda a expresarse así y, además del desfase generacional, tengamos un profundo desfase lingüístico dentro del mismo idioma.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Leísmo, laísmo y loísmo
Hace varios meses un lector de este blog, nacido en Palencia, me contó que siempre dudaba a la hora de escribir le o la. Yo le contesté que esa era la marca regional de este pequeñísimo punto del mapa y que, por supuesto, algún día escribiría una entrada con el ánimo de aclararle el asunto. Lo que viene a continuación es el intento.
En primer lugar, ¿qué son el leísmo, el laísmo y el loísmo?
Leonardo Gómez Torrego, en su Gramática didáctica del español, obra de referencia para correctores y lingüistas de diverso calado, dice que el leísmo consiste en la utilización de los pronombres le y les por lo y los o por la y las. El laísmo «consiste en la utilización de los pronombres la y las de complemento directo en lugar de los pronombres le y les de complemento indirecto». Por último, el loísmo «consiste en la utilización de los pronombres lo y los en lugar de le y les».
Está claro, ¿no?
Para los oriundos de Palencia, como yo, la regla básica es cambiar todos los pronombres que hayamos escrito porque es casi seguro que hemos utilizado el que no era. Además, la Real Academia Española nos lo ha puesto fácil y acepta el leísmo masculino de persona en singular, aunque sigue condenando el de plural.
¿Alguien me sigue hasta aquí?
Pues aún no he explicado que los pronombres le y les ejercen la función de complemento indirecto, y los pronombres la, las, lo y los, la de complemento directo. Ni que la mayoría de los verbos pueden ir acompañados de complementos directos e indirectos (es decir, de la, las, lo, los, le y les), pero que también existen verbos que solo admiten complemento directo (la, las, lo y los) y otros que solo admiten complemento indirecto (le y les).
Menudo lío.
Pero ¿no habrá alguna regla facilita para que el común de los mortales pueda escribir —y hablar— correctamente?
Veamos.
Empecemos de lo más fácil de reconocer a lo más difícil, por lo menos para mí —que soy leísta—.
Utilizo los ejemplos que aparecen en la obra de Gómez Torrego mencionada más arriba.
El loísmo es fácil de evitar. A la mayoría de nosotros nos resulta chocante la siguiente frase, que de hecho es incorrecta: «A Pedro lo dieron una paliza». Lo correcto es: «A Pedro le dieron una paliza».
Pero ¿qué pasa si la paliza se la dieron a María? La frase correcta no sería «A María la dieron una paliza», como por ejemplo diría yo si no lo pensara antes dos y hasta cuatro veces, sino más bien «A María le dieron una paliza». ¿Por qué? Porque el complemento directo es la paliza, y el indirecto, María. Y el pronombre de complemento indirecto, ya sea masculino o femenino, es le. Igual pasa con Ana, que aunque nos resulte extraño, «le duele la cabeza» y mañana «le entregarán las llaves del coche». Sin embargo, Mario —que es su hijo— «la asustó» cuando apareció de repente detrás de la puerta de la cocina, porque en este caso «Mario asustó a su madre» y, por más que esté la preposición a delante o madre sea una persona, es un complemento directo. Como también es correcto «A María la llaman por teléfono».
En este lío de complementos directos e indirectos también ocurre al revés, que decimos le (pronombre de complemento indirecto) cuando deberíamos poner lo. Se dice: «A mis hijos los despidieron», «Al perro lo mataron» y «El lápiz lo tiré» porque todos ellos actúan como complemento directo.
Sin embargo, en el leísmo masculino de persona en singular, las academias nos dan un respiro y, aunque lo correcto es «A Juan lo vi al lado de Ana», aceptan que digamos «A Juan le vi al lado de Ana».
Otro caso de leísmo aceptado por la normativa es el masculino singular y plural en oraciones impersonales con se, que vendría a ser: «Al muchacho se le vio saltando la tapia» y «A los muchachos se les vio saltando la tapia».
Que tire la primera piedra el que jure que a partir de ahora no tendrá ya más problemas con el leísmo, el laísmo o el loísmo.
Los que quedaron más confusos que antes pueden plantear sus dudas en un comentario y les ayudaré a resolverlas.
Los que tengan serios problemas con este asunto y vivan de la escritura deberían contratar a una correctora...
En primer lugar, ¿qué son el leísmo, el laísmo y el loísmo?
Leonardo Gómez Torrego, en su Gramática didáctica del español, obra de referencia para correctores y lingüistas de diverso calado, dice que el leísmo consiste en la utilización de los pronombres le y les por lo y los o por la y las. El laísmo «consiste en la utilización de los pronombres la y las de complemento directo en lugar de los pronombres le y les de complemento indirecto». Por último, el loísmo «consiste en la utilización de los pronombres lo y los en lugar de le y les».
Está claro, ¿no?
Para los oriundos de Palencia, como yo, la regla básica es cambiar todos los pronombres que hayamos escrito porque es casi seguro que hemos utilizado el que no era. Además, la Real Academia Española nos lo ha puesto fácil y acepta el leísmo masculino de persona en singular, aunque sigue condenando el de plural.
¿Alguien me sigue hasta aquí?
Pues aún no he explicado que los pronombres le y les ejercen la función de complemento indirecto, y los pronombres la, las, lo y los, la de complemento directo. Ni que la mayoría de los verbos pueden ir acompañados de complementos directos e indirectos (es decir, de la, las, lo, los, le y les), pero que también existen verbos que solo admiten complemento directo (la, las, lo y los) y otros que solo admiten complemento indirecto (le y les).
Menudo lío.
Pero ¿no habrá alguna regla facilita para que el común de los mortales pueda escribir —y hablar— correctamente?
Veamos.
Empecemos de lo más fácil de reconocer a lo más difícil, por lo menos para mí —que soy leísta—.
Utilizo los ejemplos que aparecen en la obra de Gómez Torrego mencionada más arriba.
El loísmo es fácil de evitar. A la mayoría de nosotros nos resulta chocante la siguiente frase, que de hecho es incorrecta: «A Pedro lo dieron una paliza». Lo correcto es: «A Pedro le dieron una paliza».
Pero ¿qué pasa si la paliza se la dieron a María? La frase correcta no sería «A María la dieron una paliza», como por ejemplo diría yo si no lo pensara antes dos y hasta cuatro veces, sino más bien «A María le dieron una paliza». ¿Por qué? Porque el complemento directo es la paliza, y el indirecto, María. Y el pronombre de complemento indirecto, ya sea masculino o femenino, es le. Igual pasa con Ana, que aunque nos resulte extraño, «le duele la cabeza» y mañana «le entregarán las llaves del coche». Sin embargo, Mario —que es su hijo— «la asustó» cuando apareció de repente detrás de la puerta de la cocina, porque en este caso «Mario asustó a su madre» y, por más que esté la preposición a delante o madre sea una persona, es un complemento directo. Como también es correcto «A María la llaman por teléfono».
En este lío de complementos directos e indirectos también ocurre al revés, que decimos le (pronombre de complemento indirecto) cuando deberíamos poner lo. Se dice: «A mis hijos los despidieron», «Al perro lo mataron» y «El lápiz lo tiré» porque todos ellos actúan como complemento directo.
Sin embargo, en el leísmo masculino de persona en singular, las academias nos dan un respiro y, aunque lo correcto es «A Juan lo vi al lado de Ana», aceptan que digamos «A Juan le vi al lado de Ana».
Otro caso de leísmo aceptado por la normativa es el masculino singular y plural en oraciones impersonales con se, que vendría a ser: «Al muchacho se le vio saltando la tapia» y «A los muchachos se les vio saltando la tapia».
Que tire la primera piedra el que jure que a partir de ahora no tendrá ya más problemas con el leísmo, el laísmo o el loísmo.
Los que quedaron más confusos que antes pueden plantear sus dudas en un comentario y les ayudaré a resolverlas.
Los que tengan serios problemas con este asunto y vivan de la escritura deberían contratar a una correctora...
miércoles, 4 de abril de 2012
Jerga de traductores y correctores
Los traductores y correctores también tenemos nuestra propia jerga, más allá de los términos lingüísticos especializados. La utilizamos, sobre todo, en las listas de correo a las que estamos suscritos para intercambiar información con otros colegas y resolver las dudas que nos surgen durante el trabajo.
El ejemplo más llamativo, y original si se quiere, es el de «el libro rojo» o, a veces incluso, «el colorao». Designa al diccionario bilingüe que nos ha salvado la vida a la mayoría de nosotros y sin el cual sería mucho más arduo traducir medicina siendo solamente filóloga o lingüista: el Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, de Fernando Navarro. Este volumen imprescidible tiene dos características principales: pesa muchísimo y es de color rojo. Bucear entre sus páginas es un ejercicio constante de aprendizaje; la información que contiene es tan abrumadora que a menudo ni siquiera nos percatamos de que la solución está allí, y es entonces que algún compañero de la lista nos remite al «colorao».
Por otro lado, es curioso lo mucho que aborrecemos las siglas en cualquier texto que debamos traducir o corregir y la frecuencia con la que las usamos para comunicarnos entre nosotros. Son siglas que nos remiten a obras de referencia indiscutibles que todo profesional del lenguaje debería tener en su casa, ya lo sé, pero no deja de ser sorprendente encontrarse con una frase así: «En la p. 247 de la OLE dice: [...]» o «Según el DPD, el asterisco solo se utiliza cuando [...]».
(Para los legos, la OLE es la Ortografía de la lengua española, y el DPD, el Diccionario panhispánico de dudas.)
«En casa del herrero, cuchara de palo», dice la sabiduría popular. Será por eso que, en mi casa, hablo peor desde que trabajo como traductora y correctora. Cuando no estoy puliendo un texto y buscando si la coma va antes o después de las comillas, o releyendo frases para captar el sonido y decidir si los tiempos verbales son incorrectos, mi mente, lógicamente, quiere descansar y entonces se produce el desastre. Las frases que elaboro en la intimidad de mi hogar no guardan un orden lógico: comienzo diciendo el complemento directo, luego me acuerdo del posesivo y, por último, añado el verbo. Para cuando me doy cuenta de que el sujeto es elíptico, me pregunto por qué, al hablar de mí, utilizo la primera persona del plural en vez de la primera del singular.
El ejemplo más llamativo, y original si se quiere, es el de «el libro rojo» o, a veces incluso, «el colorao». Designa al diccionario bilingüe que nos ha salvado la vida a la mayoría de nosotros y sin el cual sería mucho más arduo traducir medicina siendo solamente filóloga o lingüista: el Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, de Fernando Navarro. Este volumen imprescidible tiene dos características principales: pesa muchísimo y es de color rojo. Bucear entre sus páginas es un ejercicio constante de aprendizaje; la información que contiene es tan abrumadora que a menudo ni siquiera nos percatamos de que la solución está allí, y es entonces que algún compañero de la lista nos remite al «colorao».
Por otro lado, es curioso lo mucho que aborrecemos las siglas en cualquier texto que debamos traducir o corregir y la frecuencia con la que las usamos para comunicarnos entre nosotros. Son siglas que nos remiten a obras de referencia indiscutibles que todo profesional del lenguaje debería tener en su casa, ya lo sé, pero no deja de ser sorprendente encontrarse con una frase así: «En la p. 247 de la OLE dice: [...]» o «Según el DPD, el asterisco solo se utiliza cuando [...]».
(Para los legos, la OLE es la Ortografía de la lengua española, y el DPD, el Diccionario panhispánico de dudas.)
«En casa del herrero, cuchara de palo», dice la sabiduría popular. Será por eso que, en mi casa, hablo peor desde que trabajo como traductora y correctora. Cuando no estoy puliendo un texto y buscando si la coma va antes o después de las comillas, o releyendo frases para captar el sonido y decidir si los tiempos verbales son incorrectos, mi mente, lógicamente, quiere descansar y entonces se produce el desastre. Las frases que elaboro en la intimidad de mi hogar no guardan un orden lógico: comienzo diciendo el complemento directo, luego me acuerdo del posesivo y, por último, añado el verbo. Para cuando me doy cuenta de que el sujeto es elíptico, me pregunto por qué, al hablar de mí, utilizo la primera persona del plural en vez de la primera del singular.
jueves, 29 de marzo de 2012
Coma delante de «y»
Hace dos días, en la sección Contacto, una lectora de este blog llamada Anabel escribió: «[...] tengo una duda que por más que busqué en internet no se me ha
resuelto, un compañero me comentó sobre el uso de la coma antes de la
"y", yo la uso casi siempre, pero me mencionó que ya hicieron cambios en
la real academia española y que ya no se usa la coma antes de la "y",
espero me puedan dar informes».
Y como uno de los objetivos de este blog es responder a las consultas lingüísticas que van llegando, aquí va la respuesta.
El caso más sencillo de recordar es el de las enumeraciones breves. Por ejemplo: «Ayer compré patatas, berza y champiñones» o «Las características de este dispositivo son: bajo coste, tamaño y ligereza». A pesar de estar cada vez más influidos por el inglés, el último término de una lista siempre va precedido por y sin coma.
Pero se puede poner coma, y suele hacerse, cuando la enumeración es compleja. Y ¿qué es una enumeración compleja? Aquella en que los elementos de la enumeración tienen distintos sujetos o complementan a verbos diferentes.
Cito a José Martínez de Sousa —que, por su argumentación y coherencia, tiene más autoridad en esta materia que la propia Real Academia Española—: «12. Suele ponerse coma antes de y o de o cuando, en una enumeración, el elemento al que preceden no es complemento del que les antecede:
Los arbustos tienen numerosas ramas y tallos leñosos, y viven mucho tiempo;
El presidente acaba de llegar, y su hermano lo hará mañana;
A unos les gusta jugar, y a otros, leer».
Además, como escribo en la primera frase del penúltimo párrafo, también se pone coma delante de y cuando esta introduce una explicación (que siempre debe ir encerrada entre comas): «Pero se puede poner coma, y suele hacerse, [...]».
Espero haber resuelto tu duda, Anabel, pero si tienes algunos casos que no acabas de tener claros, envíamelos y lo vemos.
P.D.: Después de haber publicado esta entrada, un lector me escribió en Facebook para recordarme otro caso de coma delante de la y. Copio su comentario: «También se pone coma ante la conjunción cuando el resto de los elementos de la enumeración van separados por punto y coma».
Volví a la Ortografía y ortotipografía del español actual (2008), de José Martínez de Sousa, y ahí estaba: «4. Cuando interviene una aposición en una relación cuyos miembros normalmente se separarían con coma, se separan con punto y coma:
Asistieron al acto Pedro Laín, director de la Academia Española; Manuel Gutiérrez Mellado, teniente general, y Miguel
Boyer, ministro de Economía».
Y como uno de los objetivos de este blog es responder a las consultas lingüísticas que van llegando, aquí va la respuesta.
El caso más sencillo de recordar es el de las enumeraciones breves. Por ejemplo: «Ayer compré patatas, berza y champiñones» o «Las características de este dispositivo son: bajo coste, tamaño y ligereza». A pesar de estar cada vez más influidos por el inglés, el último término de una lista siempre va precedido por y sin coma.
Pero se puede poner coma, y suele hacerse, cuando la enumeración es compleja. Y ¿qué es una enumeración compleja? Aquella en que los elementos de la enumeración tienen distintos sujetos o complementan a verbos diferentes.
Cito a José Martínez de Sousa —que, por su argumentación y coherencia, tiene más autoridad en esta materia que la propia Real Academia Española—: «12. Suele ponerse coma antes de y o de o cuando, en una enumeración, el elemento al que preceden no es complemento del que les antecede:
Los arbustos tienen numerosas ramas y tallos leñosos, y viven mucho tiempo;
El presidente acaba de llegar, y su hermano lo hará mañana;
A unos les gusta jugar, y a otros, leer».
Además, como escribo en la primera frase del penúltimo párrafo, también se pone coma delante de y cuando esta introduce una explicación (que siempre debe ir encerrada entre comas): «Pero se puede poner coma, y suele hacerse, [...]».
Espero haber resuelto tu duda, Anabel, pero si tienes algunos casos que no acabas de tener claros, envíamelos y lo vemos.
P.D.: Después de haber publicado esta entrada, un lector me escribió en Facebook para recordarme otro caso de coma delante de la y. Copio su comentario: «También se pone coma ante la conjunción cuando el resto de los elementos de la enumeración van separados por punto y coma».
Volví a la Ortografía y ortotipografía del español actual (2008), de José Martínez de Sousa, y ahí estaba: «4. Cuando interviene una aposición en una relación cuyos miembros normalmente se separarían con coma, se separan con punto y coma:
Asistieron al acto Pedro Laín, director de la Academia Española; Manuel Gutiérrez Mellado, teniente general, y Miguel
Boyer, ministro de Economía».
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