miércoles, 4 de abril de 2012

Jerga de traductores y correctores

Los traductores y correctores también tenemos nuestra propia jerga, más allá de los términos lingüísticos especializados. La utilizamos, sobre todo, en las listas de correo a las que estamos suscritos para intercambiar información con otros colegas y resolver las dudas que nos surgen durante el trabajo.

El ejemplo más llamativo, y original si se quiere, es el de «el libro rojo» o, a veces incluso, «el colorao». Designa al diccionario bilingüe que nos ha salvado la vida a la mayoría de nosotros y sin el cual sería mucho más arduo traducir medicina siendo solamente filóloga o lingüista: el Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, de Fernando Navarro. Este volumen imprescidible tiene dos características principales: pesa muchísimo y es de color rojo. Bucear entre sus páginas es un ejercicio constante de aprendizaje; la información que contiene es tan abrumadora que a menudo ni siquiera nos percatamos de que la solución está allí, y es entonces que algún compañero de la lista nos remite al «colorao».

Por otro lado, es curioso lo mucho que aborrecemos las siglas en cualquier texto que debamos traducir o corregir y la frecuencia con la que las usamos para comunicarnos entre nosotros. Son siglas que nos remiten a obras de referencia indiscutibles que todo profesional del lenguaje debería tener en su casa, ya lo sé, pero no deja de ser sorprendente encontrarse con una frase así: «En la p. 247 de la OLE dice: [...]» o «Según el DPD, el asterisco solo se utiliza cuando [...]».
(Para los legos, la OLE es la Ortografía de la lengua española, y el DPD, el Diccionario panhispánico de dudas.)

«En casa del herrero, cuchara de palo», dice la sabiduría popular. Será por eso que, en mi casa, hablo peor desde que trabajo como traductora y correctora. Cuando no estoy puliendo un texto y buscando si la coma va antes o después de las comillas, o releyendo frases para captar el sonido y decidir si los tiempos verbales son incorrectos, mi mente, lógicamente, quiere descansar y entonces se produce el desastre. Las frases que elaboro en la intimidad de mi hogar no guardan un orden lógico: comienzo diciendo el complemento directo, luego me acuerdo del posesivo y, por último, añado el verbo. Para cuando me doy cuenta de que el sujeto es elíptico, me pregunto por qué, al hablar de mí, utilizo la primera persona del plural en vez de la primera del singular.

6 comentarios:

  1. Jajaja, lo último que dices también lo hacemos nos, lo llamamos plural mayestático...

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    1. Ah, con un nombre así ya me siento un poco mejor ;-)

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  2. A mí me pasa algo parecido, Carmen. Todos los errores que trato de cazar y eliminar en los textos, parecen rebelarse y escaparse en los momentos menos oportunos de mis discursos orales... ¡Es que el refranero español es muy cierto! ;-)

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    1. Uy, los discursos orales para un especialista en textos escritos... Me vi una vez ante una situación así; afortunadamente, no recuerdo nada de lo que dije ;-)

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  3. Ese refrán es muy cierto.

    Besitos

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    1. Como casi todo el refranero; la sabiduría popular no tiene edad. Un abrazo.

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